Sin duda, o simplemente con mi certeza, todos nos sentimos en algún momento invadidos por la melancolía. Que no la tristeza, motivada por un motivo de peso, sino la melancolía, esa especie de mar oscuro que atrapa en su torbellino, e insiste con no dejarte salir. Esa especie de droga, que atrapa con su amargura. No son pocos los que se regodean en ella, y yo no puedo decir no haber consumido. Cuando nada te motiva, cuando miras a tu alrededor y no encuentras a nadie, cuando hurgas en tu interior y te encuentras un espacio vacío, es entonces cuando llega ella, última amiga, recurso final siempre presente, aunque no siempre visible. Se desplaza como un pulpo por las entrañas, te agarra la garganta y te ata corto, te enturbia la mirada y adormece la lengua. Y tú aceptas, rendido ante, al menos, ese algo. Esa sensación de arrastre. El concepto dejarse llevar por la melancolía es algo mucho menos subjetivo de lo que se acostumbra a considerar. Es como un río, implacable, con su corriente continua, que se ofrece a dirigirte por el camino sin motivación alguna.
(al escribir esta entrada, me está llamando otra vez, quiere que vaya con ella)
(no voy a ir)
Porque no he venido aquí a deprimir, ni a recordar; no he venido aquí a amargarme a mí ni a nadie. He venido a hablar de lo bonito que es estar vivo.
Catedrales en mi corazón. Y no, no estoy hablando de amor, al menos, no hacia una persona. Hablo de sentir. Una persona que ha estado vacía viene a hablar de sentimientos, qué paradoja, ¿no? No voy a contaros lo preciosa que es la amistad, ni lo bien que te puede hacer sentir esa persona, porque son cosas que desconozco, y que no me llenan. Sentir. Quiero notar esa palabra bien fuerte en mi paladar, porque es maravillosa, porque implica tantas cosas. ¡No hay nada tan maravilloso!
¿Por qué sentir melancolía? No te conformes con el vacío, llénalo. Llénalo de cualquier cosa, pero hazlo. Lo bueno de sentir, es que es gratis. Y que llena. Que hace feliz. La felicidad es un concepto difícil, lo sé. La auténtica felicidad es un sentimiento efímero, no algo constante, pero hay algo que sí se puede sentir de continuo. Puedes sentir esa alegría, de igual manera que antes sentías la tristeza. En vez de un peso en el corazón, puedes llevar un globo de helio. ¡Y que lo diga yo! Pero hay que darse cuenta de que el mayor regalo que podrían habernos hecho es el estar vivos, y lo peor que podemos hacer con él es no valorarlo, estar tristes, amargarnos la existencia, pues solo tenemos una. Cada sirena es una sinfonía y cada lágrima una cascada. No merece la pena llorar.
¿Cuánto tiempo tienes? Nada y menos, pero no importa, porque tienes la oportunidad de llenarlo. No importa. Busca algo que te mantenga vivo, algo que te ilumine el camino, algo que mantenga apartada a la larga enredadera que es la melancolía, que no la deje pasar. Grítale "¡sé por qué sigo adelante!". Y sigue caminando porque tú quieras, no porque tengas que hacerlo.
Puedes odiar muchas cosas, pero todo depende del punto de vista desde el que las veas. Si dejas que la tristeza te oscurezca la mirada, cada mala cosa te evadirá un poco más, te unirá a tu indeseable droga. Si vas dirigido por algo, si tienes tu camino y tu impulso, esas cosas que odias serán "menos malas". No importarán, ya que tú eres feliz. Estás feliz. Como quiera que se diga. Tienes uno, o más, pilares en los que apoyarte, y son indestructibles, porque ellos se alimentan de tu voluntad, y tu voluntad se alimenta de ellos.
Ten determinación, encuentra lo que necesitas, y no recurras a ese último recurso que es la melancolía. Decide tus pasos, haz lo que hagas porque tú quieras hacerlo, no por hacer algo.
Sé feliz.
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