martes, 23 de octubre de 2012

Concierto; algo menos por hacer

(no recomendé canción el viernes, ya, pero estaba en otras cosas, ahora veréis)

Venía a comunicar que mi vida cuenta ahora con una fecha clave nueva: el veinte de octubre de dos mil doce.

El concierto de Muse

Palacio de los Deportes, Madrid. Una épica como nunca antes, sensaciones a flor de piel y un sueño cumplido tras años de espera. Empezaré por el principio (sin enrollarme demasiado).

Me remonto a Junio, el día ocho, si mal no recuerdo. Muse acababa de sacar un trailer de su nuevo disco -The Second Law- y ya estaban anunciando fechas de gira, con entradas adelantadas para miembros. Y allí entré yo, y pedí cuatro entradas, para mí, para mi amiga V. y para mi padre y su pareja. Bueno, en realidad de esto se encargó más él, que al fin y al cabo fue el que pagó por adelantado con la tarjeta (que conste que todos los gastos del concierto los acarreé yo con mis ahorros). La suerte sonrió, y conseguimos las entradas. Desde Junio. 

Llegaron hace no mucho, el dos de octubre. Fue entonces cuando todo se fue haciendo realidad, cuando empecé en serio a hacer la cuenta atrás. Los días pasaron, no recuerdo cómo, y por fin llegó el viernes diecinueve. V. me vino a buscar -con sus padres- por la tarde, y fuimos a Madrid, donde tiene casa ella. Dimos una vuelta por un Islazul, cenamos en un KFC -otra cosa nueva- y a dormir. Bueno, a descargar un poco de emoción vía internet antes. A escucharles la noche anterior. 

El día siguiente comenzó a las ocho cuarenta de la mañana cuando ella se subió a mi cama, la litera de arriba, y me pegó un lametón en la cara. A las nueve y media -increíble- me levanté y me empecé a cambiar. Desayunamos. Camisetas de nuestro grupo favorito. A las once nos vamos. Todo por un "¿y si mañana por la mañana vamos a Fuencarral?" suyo, y allí acabamos, en una tienda con una super oferta de sujetadores, quejándonos de lo caro que es todo en el mercado de esa calle -aunque precioso- y en la Fnac, leyendo manga y de paso, comprando unos tomos. Nos cruzamos con una chica que llevaba una camiseta por el estilo de las nuestras y nos saludamos y sonreímos, una señora que nos vio dijo "hoy Madrid está lleno de Museros". Qué grande mi sonrisa. Volvimos a comer a su casa. Macarrones. Nos arreglamos un poco. A las cinco y cuarto nos fuimos hacia el metro, con su padre, que nos iba a indicar cómo llegar y dónde era el asunto. El sueño empezaba a hacerse realidad.

Tras un transbordo, a falta de cinco paradas, me daba cuenta de que aquello estaba pasando. Twitteé, llegamos. Montones de camisetas negras con aquella tipografía blanca claramente legible. Encontramos nuestra cola, la ambientamos con un poco de música, y a esperar. Eran alrededor de las seis. Prisas, agobios con las maletas -que llevábamos con nosotras hasta que mi padre llegó y las metió en el coche- pasada por el baño, y por fin, entrar al recinto, a las siete y media. Nunca había entrado al Palacio de los Deportes, es más, nunca había entrado a un estadio cubierto. Compramos y corrimos hacia el acceso a la pista. Un escenario con luces azules y gente sentada delante, en el suelo. Dios mío, es verdad, todo esto es verdad

Pillamos buen sitio, relativamente cerca, y tras apretones y empujones, empezaron los teloneros. Se les veía perfectamente -quitando un par de cabezas demasiado altas por delante mía-; la ropa, los gestos, todos. En hora y pico verás así de bien a Matt, a Chris, a Dom, pensé, y joder, los iba a ver en persona, era verdad. A pesar de agradarme, estaba deseando que terminaran, y lo hicieron. Salida de los pipas, cambios en el escenario, colocaciones, arneses, focos, luces, comprobaciones. Todo listo con un cuarto de hora de retraso. Mirar a la espalda y ver a miles de personas. 

Se apagan las luces y todo empieza. Iluminación roja, imponente, irrepetible, y ver la figura de Chris saliendo con el bajo, enloquecer. Bellamy empezando el concierto de espaldas en nuestro lado del escenario. Empiezan a tocar. Saltos, locura, cantar a pleno pulmón con otras quince mil voces respaldándote. Es Muse. Es real.

Eso fue Unsustainable. Luego vino Supremacy, su grandeza sin igual y el desenfreno que conlleva ser la segunda canción. Interlude, una pequeña entrada, y después Hysteria. Para entonces, se me quebraba la voz. Termina. Y algo empieza a bajar de esa estructura cuadrada de focos. Se oyen gritos, exclamaciones. Una especie de pirámide invertida cae del techo, todo a oscuras. Repentina iluminación blanca y vuelve la locura absoluta con Supermassive Black Hole, una de mis imprescindibles. Cada vez estábamos más cerca, por los saltos y la ambición de la gente con acercarse a las pasarelas. Resistance, pese a no ser de mis favoritas, la acogí muy bien. Mi locura se desató con Panic Station, y mi voz, ya caída y desafinada, sonando sobre las de mi alrededor cantando aquella letra que me había encantado desde el principio. Matt se cae subiendo a la pasarela de nuestro lado, le aplaudimos, se ríe. Qué gustazo de concierto, y esa sensación de cantarle allí mismo, de tenerle a nada. Animals, con unos visuales increíbles. Al acabar, un piano sale del suelo, un piano con tapa transparente y teclas de luces verde fosforito, que al ser tocadas encienden una luz morada dentro del instrumento. Explorers y Falling Down. Hora de relax, y doy gracias, porque no podía con mi cuerpo.

El concierto parecía ralentizarse, la gente se había relajado y estaba disfrutando del piano acompañando esas dos canciones, especialmente la última, perteneciente al primer disco. Fue seguida de una introducción que a mí ya me sonaba, y juro ahora mismo que nunca he visto reacción semejante a la que vi en ese momento. Time Is Running Out, un clásico, inevitable. Miles de personas coreando a un Bellamy subido en la pasarela central, acorralamientos hacia las filas delanteras, saltos y sensaciones. Eso es de lo que más tuve en el concierto, sensaciones, pero ninguna de recuerdos. Las canciones de Muse me han acompañado incontables veces, pero los recuerdos que me podían mostrar no me tocaban, solo tenía sitio para la euforia del momento, para corear hasta los instrumentos, para saltar al ritmo de miles de personas allí presentes, guiadas por solo tres hombres. Qué maravilla la música. 

Matt se retira al fondo del escenario y Chris emociona tocando y cantando Liquid State, preciosa, absolutamente... De sacarte. De despertar tus emociones. Chris, ese hombre tan sereno que poco de showman tenía, al contrario que su compañero y lider, que por más que hacía por pasar desapercibido, no lo conseguía. Ahí me di cuenta de los diferentes atractivos que tenían los dos. Por separado me había dado cuenta nada más empezar el concierto. Chris, tan sereno, termina la canción. El mismo que nos saludó desde nuestra plataforma en un momento en que no estaba tocando, mientras Bellamy hacía de las suyas en el centro del escenario. Gritos de Chris!, él que nos mira, sonríe, y saluda. Tímido. Qué adorable en ese momento. 

Madness fue una locura, protagonizado por el loco sin precedentes que es el líder de este grupo llamado Muse. Unas gafas que retransmitían la letra de la canción, igual que la pirámide, y él cogiendo una cámara y grabándose cantando para ella, para todos nosotros. Menudo espectáculo. Muy cantada, y muy bien acogida esa canción. Emocionante. Follow Me nos trajo la iluminación más impresionante, y pese a ser una canción que pensaba que no me agradaba, lo hizo sobremanera. Una letra pensada para canción de cuna acompañada de guitarra, bajo y batería, luces, personas saltando. Ahí vi lo mucho que me gustaba. Undisclosed Desires trajo una letra increíble, cantada por él en nuestra plataforma. Nos la cantaba a nosotros, y nosotros a él. Qué momento. Y bajó al foso a saludar a la gente. Nos quedamos a muy pocos metros, pero llegamos a tercera fila. Solo dos personas delante nuestro, ¡menuda vista! Valió la pena lo que nos costó llegar allí, porque empezó otra de mis absolutas imprescindibles, Plug In Baby. Ah, Plug In Baby.

Su primera distorsión se me clavó de lleno entre las costillas, y ese legendario solo de guitarra me hizo perder el control. Cantar, cantar y solo cantar, aunque no te quede voz. Saltar. Emocionarte, seguir el ritmo. Vocear el estribillo como si te fuera la vida en ello, desgarrarte por dentro. Adrenalina. Y luego New Born, otra muy necesaria, que me llegó con su piano y la voz de Bellamy paseándose por aquella pasarela gigante. Los tres se juntaron en torno a la batería, la pirámide bajó en su correcto orden, y los engulló. 

¿Ha terminado? Me falta Knights of Cydonia, dije. No creía que hubiera acabado. Y vaya que no lo había hecho. Empezaron a verse imágenes en la pirámide, y sonó Isolated System, que nos permitió unos minutos de calmar nuestro éxtasis sin igual. Al menos el mío. Aparecen teles antiguas y unos acordes inconfundibles. Uprising. La canción de la revolución. Bellamy en nuestra plataforma dirigiendo nuestras palmas y puños, nosotros gritando aquellas palabras que eran más que eso. Aquellas ideas. Con fuerza, con convicción ciega, con la satisfacción de verse entendidas de una vez por todas. Qué gran suspiro al terminar, toda esa energía contenida. Una introducción con armónica, preciosa, y esos golpes que no pueden ser de otra sino de Knights of Cydonia. Le paso la mochila a mi amiga y me dispongo a darlo todo en una canción que no tiene precio. Salto con fuerzas que no tengo, coreo, me golpeo, me descontrolo, bailo, grito. Le espeto a Matt Bellamy que no gaste su tiempo o el tiempo le gastará a él. Y cómo sienta por fin gritar a pleno pulmón esas palabras que llevan tanto tiempo en tu cabeza. 

Ahora sí que parece haberse acabado. No nos resignamos. Aplaudimos, gritamos, no paramos. Y salen. Cómo salen, con ese ritmo que nos obliga a dar palmas por encima de nuestras cabezas. Starlight, la legendaria Starlight estaba allí. Cantarla al ritmo, sus frases más famosas, tantas veces extrapoladas. Poder soltar todo lo que has tenido dentro. Luces apagadas, proyecciones en la pirámide, y empieza Survival, empieza mi mayor locura, mi mayor éxtasis. La fuerza de esa canción no tiene límites. No me quedaba voz, no me quedaban piernas, no me quedaba cuerpo, y sin embargo, me empeñé como nunca. Esos minutos fueron tremendamente especiales para mí. 

Lo bonito del concierto es sentirte en miles de personas. Toda esa gente está viendo lo mismo que tú, pensando en lo mismo que tú, cantando lo mismo que tú. Eres parte de un colectivo que acaba definiéndose como un solo ente. Pero qué increíble ese momento en el que tú te separas, te individualizas sin necesidad de palabras. Un chorro de adrenalina sin igual, pura electricidad, recorría mis venas. Tenía fuerza, aunque no sabía de dónde. Estaba cantando con Matt Bellamy, y otros miles de personas. Estábamos diciendo elegir progresar, no rendirnos, ir a ganar, sobrevivir. Y una voz en mi cabeza, mi subconsciente, lo que fuera, mientras aquel poderoso instrumental arrasaba mi pecho en una riada, me decía que no lo cantaba con ellos; se lo cantaba a ellos. Se lo estaba diciendo, se lo estaba prometiendo. Le había prometido a miles de personas, le había prometido a Matthew James Bellamy que no me iba a rendir, que elegía sobrevivir costase lo que costase. A pesar de ser mi voz una entre miles, en mi cabeza tenía un significado ineludible, imprescindible. Y cuando llegó el tiempo de la segunda parte de la canción, lo tenía más claro que nunca. Le miraba fijamente, le espetaba, sacaba la voz que no tenía de las fuerzas que no me quedaban, me agitaba. Descontrol, adrenalina, emociones a flor de piel y una promesa. Lo grité, una y otra vez. Géisers de humo, visuales impresionantes, luces sin igual. Absolutamente todas las personas habían salido de su mundo y estaban metidas en el espectáculo que era aquello. ¿Qué es mi vida? ¿Qué importa ahora? Nada, nada de nada. Solo importa darlo todo, hasta la última gota. Y así lo hice. 

Se despidieron. Hasta el "next summer", por lo visto. Y ojalá que sea verdad. Porque yo necesito de esta droga llamada Muse -en directo- más a menudo. 

Nunca en mi vida he vivido algo tan grande, tan emocionante y tan significativo. Me hizo cuestionarme muchas cosas, me hizo hasta verlo todo de otra manera. Se llevó mi alma y mi cuerpo a otra dimensión. Una vez salí de allí, volvía a lo mío, aunque no iba a ser lo mismo. Esa noche era un punto de inflexión.

Pese a todo, sé que ningún texto, ninguna palabra -éxtasis, euforia, brutalidad- será capaz de describir lo que pasó allí aquella noche, al menos, para mí. 
Adrenalina.
(de lo que más tuve)


(es una entrada muy larga, pero no puedo hacer nada; toda palabra es insuficiente, y ni siquiera he podido descargar todas las emociones aquí. Sólo quería expresar de una vez todo lo vivido)






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