El tiempo se nos escurre como arena entre los dedos, y por más que corramos, no lo recuperaremos. Como cuando en un sueño corres por el túnel, extiendes la mano, cierras el puño y, sin embargo, eso que ibas a coger está aún fuera de tu alcance. Como Alicia cayendo por el agujero. Corremos, giramos, crecemos, miramos atrás y nos parece que ha sido un solo paso. El tiempo se nos escapa.
Nos lo están robando, ni qué ni cómo sé, pero veo cómo se va fuera de mí y no vuelve. Si hay algo que no dudo es que el tiempo no vuelve; este instante, esta milésima de segundo, la vives ahora, y nunca más. ¿Realmente merece la pena gastar ni la más mínima parte de tu tiempo en algo que no quieres hacer? Maldita sea, debemos correr por lo que amamos, debemos perseguirlo, pero está tan lejos.
Miro por encima del hombro y me veo a mí misma en el espejo, hace cuatro años. Me veo en ese parque, hace dos y medio. Me veo aquí, ahora, y dentro de unos años volveré a hacerlo, estaré más adelante pero no sé si habré avanzado. Necesito avanzar. Me roban el tiempo porque voy hacia delante, pero no avanzo. Me roban el tiempo porque vivo, pero no vivo.
Se me escapa y no tiene remedio. Yo no lo amo, y por eso corre más. El instante es lo que vale, y no lo tengo, solo lo veo. Constantemente esa pregunta de "¿qué hago yo aquí?" y los minutos, horas y días perdidos en un sitio que está claro que no es el mío.
El tiempo se me escurre y no lo puedo alcanzar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario