Y tú no sales del ciclo del odio, que te arrastra como un tornado enfurecido, te sacude contra las paredes sin piedad. Te permite soñar con una salida y, cuando crees que la agarras entre los dedos, te lleva de vuelta al centro. Gris por todas partes, un único sentimiento que se come a todo lo demás. Un 'agujero negro supermasivo' que no te permite ver más allá.
Joder, me está comiendo.
Sí. La fuerza centrípeta está allí, y por más que luches por salir siempre te va a agarrar de vuelta. Da igual lo mucho que quieras sonreír, da igual cuánto intentes ser feliz, sientes cómo una mano cruel te oprime el pecho, no te deja respirar, parece que te ahoga. Pero ese es el problema, sólo parece. Te deja un débil acceso, apenas un gramo de aire. Y tú lo respiras, te agarras a ello como -y porque- te va la vida en ello. Por más que esté contaminado, es todo lo que tienes. Y mientras tú estás tan ocupado en sobrevivir, no puedes vivir. Y si no puedes vivir, no puedes ser feliz.
Es como un golpe en el esternón. Como el aliento exhausto lleno de agua después de un largo buceo. Como una pesadilla en la vida real; por más que te pellizques sigue ahí. Y lo peor es que te acostumbras a ello, porque si lo vieras con objetividad, te tirarías de los pelos. Tu mirada se despierta cuando ves la realidad y contemplas al lado tu miseria.
¿Por qué es todo tan fácil para los demás? ¿Por qué es todo el mundo tan feliz?
¿Por qué a mí?
(y aún hay días en los que cierro los ojos y espero que nada de esto hubiera pasado)
(aún hay días en los que deseo abrir los ojos y encontrarme en cualquier otro sitio)